
La realidad de los premios del cine no puede ser extraña a lo novedoso y a las modas. Un hecho que se traduce en que ocasionalmente los Oscar hayan ido a parar de forma abrumadora a películas que, objetivamente, no merecedoras de tantos premios (ejemplos recientes son "Titanic" o "El retorno del Rey"). Pero en otras ocasiones se conceden Oscar a películas que de ninguna manera lo merecerían y por muy obvias maniobras de marketing o tics pedantes llamados al sonrojo futuro. Entre las primeras recordemos "Slumdog Millonaire" o "Little Miss Sunshine" y entre las segundas podríamos encuadrar, precisamente, a "The Artist".
Imaginemos que alguien realizase un western "a la vieja usanza", con todos los tópicos del cine del oeste presentados en su más ingenua versión. ¿Qué pensaría el público? ¿Merecería el Oscar? Según el criterio de ayer, sí. Porque "The Artist" es una película muda que juega con los elementos que, claro, son característicos del cine mudo (la sobreactuación de los protagonistas, básicamente). Algo que inmediatamente supone el equivalente a presentar un cuadro minimalista en una exposición de paisajes y decir que es el paisaje más bonito. El cine está vivo, se mueve, progresa. Por esto no puede volver sobre sus pasos en aspectos básicos como es el sonido y que esto se considere digno de premio. Es más bien una cara travesura que en condiciones normales debiera representar el gusto de una minoría. Pero el Oscar no debiera ser un premio para minorías ni para publicitar insulsas pedanterías.
Injustos, si no absurdos, pues, los Oscar dedicados a "The Artist", aunque es preciso señalar que no estamos en un año precisamente fecundo en títulos relevantes. Las principales favorita a los Oscar son una escala de mediocridad. "Los descendientes", ya analizada aquí, es puro mal hacia el espectador, "La invención de Hugo" parece un caramelo envuelto en 3D y "War Horse" es simplemente una entretenida obscenidad. Sólo se salva, en un segundo plano, "Midnight in Paris", una travesura encantadora del mejor Woody Allen en años o "El Topo": una película muy lograda, completamente asfixiante y con una genial interpretación de Gary Oldman.
Ya el año pasado se estuvo muy cerca del desastre de conceder un Oscar a una película que era un vulgar auto-remake ("Cisne Negro" de Aronofsky es descarado un remake para el gran público de su película previa "Pi: fe en el Caos"). Este año se ha optado por, como dijo alguien ayer, "un anuncio de Freixenet de hora y media", "The Artist". Parece que a cada año que pasa el talento, la brillantez y las historias originales se desplazan más y más hacia las producciones de la televisión privada estadounidense.
De la gala de entrega de premios poco puede decirse, salvo que el presentador, Billy Crystal, parece haber sido devorado por el botox y los injertos de pelo (el buenazo tiene más pelo ahora que en los años 80...). El cine pertenece al universo de las apariencias, claro. Divertido el momento en que Cristopher Plummer, premiado como actor secundario, se dirigió a la estuatilla diciendo que ella tan sólo tenía dos años más que él: 84 años.
"Una película de éxito es aquélla que consigue llevar a cabo una idea original" Woody Allen.