viernes, 24 de septiembre de 2010

Con la muerte en los talones


"A veces la verdad es amarga como la hiel"


Con la muerte en los talones, cuyo título original es North by Northwest (1959) es sin duda una de las películas más laureadas por público y crítica de Alfred Hitchcock. En realidad esta película tiene varios puntos fuertes; el primero evidentemente es el guión de Ernest Lehman, ya que los diálogos son frescos (y con los años no han perdido un ápice de dinamismo), con momentos de humor y sobre todo con mucho contenido (incluso introduciendo pequeñas puñaladas al antiguo productor de Alfred Hitchcock; ya que en el momento en que Eve (Eva Maria Saint) y Roger (Cary Grant) se encuentran en el tren y este saca una caja de cerillas con las inciales de su nombre, ella le pregunta “¿qué significa la “O” de las iniciales de la caja de cerillas? , y el responde que “Nada” haciendo clara referencia al apellido de su antiguo colaborador. Al menos esto es lo que cuentan las malas lenguas sobre este momento del diálogo, que a priori parece descontextualizado al ver la película).

En segundo lugar el reparto de actores con Cary Grant por supuesto, pero destacando y brillando con luz propia como de costumbre Eva Maria Saint, que da vida perfectamente a un personaje tan dual como el de Eve.

En tercer lugar destacar lo perfectamente hilvanado que está el argumento, en el que los personajes ficticios toman vida, y los reales se difuminan en esa vorágine de mentiras “arriesgadas” donde la verdad se encuentra escondida en los más recóndito de algún despacho de la CIA.

Y por último la fotografía de Robert Burks del que recuerdo el gran trabajo realizado en Extraños en un Tren, otra gran película a recomendar.

Con la muerte en los talones, al contrario que otras películas de suspense de Alfred Hitchcock tiene un componente humorístico indudable aunque no por ello pierde su carácter sombrío, lo cual hace de esta película una verdadera joya. Aunque bien es cierto, que tiene detalles de total inocencia y poco creíbles, pero que son perdonables y casi pasan desapercibidos en la montaña rusa de emociones que supone esta película. La intriga nos sumerge y nos embauca fácilmente. Es intrigante, emocionante y con una gran puesta en escena, por no hablar de las grandes interpretaciones de los dos actores protagonistas.

El argumento es sencillo ya que se trata simplemente de un ejecutivo del mundo de la publicidad, Roger O. Thornhill, que es confundido a causa de un malentendido con un agente del gobierno llamado George Kaplan por una organización de espionaje. Secuestrado por tres individuos y llevado a una mansión en la que es interrogado, consigue huir antes de que le maten. Cuando al día siguiente regresa acompañado de la policía, no hay rastro de las personas que había descrito, y es tomado por borracho y loco.

Así que si alguno de los que frecuentemente visitan este blog tiene una tarde de aburrimiento le recomiendo que le de una oportunidad a esta película que si bien peca de inocencia en algunos aspectos, rara vez puede dejar indiferente.


lunes, 13 de septiembre de 2010

Rebelión a Bordo

Mucho se ha escrito sobre la película "Rebelión a bordo" de Lewis Milestone. Curiosamente la crítica no duda en minusvalorarla. La condenan ya sea en base a los problemas de rodaje y cambios de dirección creados y provocados por Marlon Brando o en base a ñoñerías nostálgicas: tan propias del gremio de los críticos de cine. Sea como fuere, bajo mi punto de vista la "Rebelión a bordo" de 1962 es la mejor de las tres adaptaciones que, hasta la fecha, se han realizado de la historia de la travesía del HMAV Bounty.

Aún es objeto de discusión qué ocurrió en la Bounty y cuál fue la razón por la que Fletcher Christian se amotinó contra su amigo y capitán el teniente de navío William Bligh. Sea la causa la brutalidad o ruindad de Bligh o la lujuria de Christian y los suyos, lo que resulta claro es que se trata de una aventura notable. Una aventura tan notable que ha sido objeto de tres grandes producciones.

La razón por la que prefiero la versión que tiene por protagonistas a Marlon Brando (Christian) y Trevor Howard (Bligh) es la más trascendente de todas. La historia que en ella se cuenta no aspira a otra cosa que representar una contienda moral entre el bien y el mal. Una lucha maniquea entre un bien y un mal que se muestran en franca relatividad. Una lucha entre un Bligh, hecho a sí mismo, obsesionado con el deber y la disciplina y un Christian, aristocrático, embriagado de amor propio. La pugna entre ambos es la pugna entre dos formas de mal que, según las apariencias, comportan la lucha por un bien. Y este es el objeto fundamental de la película.

En la versión de Milestone todo se subordina a la contienda moral entre la tiranía y la libertad. Es por esto que en muchos aspectos se trata de la versión menos fiel a la auténtica historia de la Bounty. Sin embargo la propia idea que la gente tuvo siempre respecto a la Bounty fue esa: Bligh era un malvado que llevó al extremo a su tripulación y ésta se amotinó. Es posible que no sea cierta, pero no es menos cierto que Bligh, quien llegó a vicealmirante, tuvo a lo largo de su vida que enfrentarse a más motines entre sus hombres. Una interesante correlación. Sin embargo el Bligh de la versión de Milenstone es una caricatura, igual que Christian. Porque en la Bounty sólo murieron dos tripulantes bajo el mando de Bligh y ninguno de ellos por causa de sus órdenes: por un lado murió el médico, alcoholizado, y por otro un hombre que contrajo fiebres. Lo cual significa que es falso que Bligh ejecutase a alguno de sus hombres. Ni siquiera parece cierto que Bligh repartiese latigazos con fruición entre la tripulación, como mantiene la película. No, no hay una precisión histórica. Dicha precisión se alcanza, más o menos, en el film de 1.984 de Roger Donaldson, pero eso no interesa. Lo interesante es la aventura y no desmitificarla. Tampoco resiste la comparación, por su evidente  moralina, la versión de 1.935. Porque sostener que la versión de Frank Lloyd es mejor que la de Milenstone es el típico caso en que la naftalina es confundida con el oro. Pues aún aceptando la inocencia del cine de por entonces la película descansa exclusivamente sobre los hombros de Charles Laughton. Un Charles Laughton que interpreta mejor que nadie a Bligh porque él mismo era una suerte de Bligh en la vida real: un reprimido que disfrutaba insultando y humillando a quienes le rodeaban.

La interpretación que Marlon Brando hace de Christian es simplemente genial. El grado de arrogancia y presunción de que dota al personaje hace de él algo inolvidable. Tanto, de hecho, que importa de nuevo muy poco que el personaje sea una caricatura, un epónimo alejado de la realidad histórica a la que se acercaban mucho más Clark Gable o Mel Gibson en sus versiones. Su oposición a Bligh es inmediata, racial: él interpreta a un hombre de elevada cuna que se une a la expedición de la Bounty casi como quien se va de crucero o, en palabras del personaje, como fruto de "un proceso de eliminación". Bligh, sin embargo, es un hombre salido de la marinería, un hombre de mar con semejante sentido del deber que sólo aspira a que sus hombres le teman "más que a una muerte instantánea"

El almirantazgo pide llevar el árbol del pan de la muy lejana isla de Tahití hasta la no menos lejana isla de Jamaica. Christian se pregunta inmediatamente si importa mucho llevar "unos matojos" a Jamaica, Bligh sin embargo no duda: la misión está por encima de cualquier otra consideración. De ahí que intente forzar la ruta del Cabo de Hornos, sin éxito, y finalmente se desahogue del fracaso exigiendo un rendimiento extremo a sus marineros: algo que consigue administrando severos castigos y reducciones en las raciones. Christian considera todo eso un exceso pero no le perturba en tanto la sangre no salpique su uniforme. A raíz de esto vendrá el motín: Christian se rebela sólo cuando Bligh, reprobando una insubordinación de Christian, termina propinándole una patada. Y es en este momento del motín en que el guión del filme llega a cotas elevadísimas. Bligh, impasible, desprecia la rebeldía de Christian mientras éste se debate entre la idea de lincharle y la de, con toda tranquilidad y educación, apearle del buque dejándolo a la deriva en un bote. La escena del motín no es un trámite ni un momento caótico, es literatura en imágenes: cada línea de guión, oro puro.

Muchos tripulantes respiran con alivio tras abandonar a Bligh a la deriva, sólo se lamentan por no haberle matado. Christian, aristócrata, tenía una posición que con su rebeldía ha perdido para siempre y se siente perdido. Al emprender la búsqueda de un refugio al frente de sus piráticos camaradas él es el único en mostrarse apenado. Los marineros, inconscientes, se sienten alegres de perder de vista la disciplina y humillaciones de Bligh y hablan de libertad. Christian sin embargo sabe que ahora están libres de Bligh pero no de la venganza que desatará. Así, Christian se lamenta: "hice lo que hice porque me lo dictaba el honor y ese pensamiento me consuela". No quería el bien de nadie, no quería justicia para la marinería, que concebía como una curiosidad transgresora, sino que se rebeló exclusivamente contra un inferior social que le faltaba al respeto: Bligh. Un curioso revolucionario que, en cuanto tal, no tendría un fin distinto del de tantos otros: muerto por causa de sus camaradas más radicales. Unos camaradas que, como el propio Christian, dejaron su huella.

"Rebelión a bordo" constituye una severa crítica a un ser humano que está condenado a debatirse entre unas miserias y otras. Una realidad en la que, al modo de la fábula de Mandeville, el mal privado puede convertirse en un bien colectivo y, añado, viceversa. ¿Cuántas revoluciones se han librado en nombre de las más elevadas causas por los más bajos motivos?

Los caminos del hombre son inescrutables.

"Y dele usted las gracias al Diablo, que es quien le protege, de no haber logrado hacer de mi un asesino" Fletcher Christian.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Miedo


Que ninguno de vosotros piense que va a la guerra por una pequeñez si no anulamos el Decreto Megariense, cuya cancelación ellos nos ofrecen especialmente como forma de evitarla y no os reprochéis, más tarde, que habéis ido a combatir por algo insignificante. Porque esta pequeñez contiene la afirmación y la prueba de vuestra resolución. Si transigís ante ellos se os exigirá inmediatamente otro pago que será mayor, ya que habréis hecho vuestra primera concesión por temor.





Pericles (siglo V a.C) según Tucídides

domingo, 29 de agosto de 2010

La guerra, Kubrick y Tavernier

Hay muy poca gente que no haya visto u oído hablar de "Senderos de Gloria". Es un alegato antibélico, sí. Un alegato rotundo y, a la vez, bello. Las muertes de millares vienen determinadas por los caprichos o ambiciones de unos pocos. He ahí la clarificadora conclusión. Al final, tras una ofensiva fracasada, el general/político ha de encontrar culpables distintos de él mismo: los cobardes. Unos cobardes, además, que no son cobardes sino tres hombres escogidos por motivos de diferente orden: ninguno confesable. Cuando tales hombres son condenados Kubrick, con su genio, nos muestra su camino al lugar de su ejercución en lento, lentísimo, traveling. Cual si fuese un paso de la semana santa católica, los injustamente condenados son conducidos al lugar de su sacrificio. Entre ellos, alguno implora y pregunta por qué él y no quienes contemplan su ejercución. Al final, tras el redoble de tambores, tres hombres caen bajo las balas. Nadie es culpable, la vida continúa: la guerra continúa.

Sin embargo la visión de Kubrick acerca de la guerra es, en realidad, superficial. Kubrick contempla el absurdo de la guerra desde la posición en que es más fácil verlo: la paz. Y es en este terreno donde, por su parte, no falla Bertrand Tavernier. En "Capitán Conan", descubierta por mí casi por casualidad, se da la más desgarradora visión de la guerra que haya visto. Se observa el absurdo de la guerra no desde la paz sino desde la propia guerra. Un lugar en el que la diferencia entre el guerrero y el buen soldado no es pura semántica sino cruda, crudelísima, realidad. La guerra produce, incentiva y mejora a los peores entre los infames. Exige de ellos el valor que en la baja calaña es sinónimo de supervivencia. Y es en este contexto en el que los hijos del bienestar flaquean, unos, o se muestran valientes, otros. Sin embargo los ladrones, los homicidas y los sinvergüenzas dan lo que no les cuesta: valor. El protagonista, Conan, actúa como un autómata bajo el fuego enemigo y, ciertamente, le da exactamente igual el por qué de la lucha. Están los camaradas, el enemigo y entre ambos la guerra. Una lucha que no sirve para redimir sino, puramente, para existir.

La guerra siempre continúa, sobre todo para quien ha luchado y ha visto morir a sus camaradas. El problema es que las guerras acaban un día, a una hora, en un minuto. Y en ese mismo instante en que los sanguinarios, los valientes, pasan a convertirse en una pesada carga para quienes les liberaron. El valiente pasa a ser, de nuevo, el ladrón, el bárbaro y el homocida. Y los hombres del capitán Conan son eso y más. Ésos absolutos bárbaros no casan bien con una sociedad en paz y, en el contexto de la lucha por contener a los bolcheviques rusos tras 1918 serán de nuevo necesarios. Entre tanto se meten en mil y un líos en tanto el ejército aliado de Salónica se encuentra estacionado en Bucarest y Sofía. Los oficiales no se enteran de nada. Les sirve aplicar teóricamente un código militar aplicando mucho menos teóricas condenas. Un fraude. Un fraude de ejército que Conan no puede sino despreciar hasta lo criminal. Reclamado acerca de su conducta, y la de sus hombres, hacia las mujeres rumanas, responde: "Haber librado ellos su propia guerra si querían que no molestásemos a sus mujeres". Salvaje, hayándose preso por las consecuencias de alguna de sus correrías nocturnas, no duda en implorar a sus carceleros que le dejen, junto a los otros prisioneros, luchar contra los bolcheviques. En esa batalla, ganada con la sangre de los indisciplinados, los ladrones, los rebeldes y los asesinos, Conan acabará tan cubierto de gloria como de sangre enemiga. Y así, rabioso, se le verá cargar entre la maleza advirtiendo: "No te engañes compañero. Hay que seguir. ¡Venga compañeros! ¡Os destriparemos, carroña!". Después, fundido en negro y la realidad de la inevitable posguerra. Una posguerra en la que Conan, ya enfermo, se lamenta en su pueblo natal por no tener nadie con quien hablar. Ríanse todos de John Rambo.

Para los personajes como los sugeridos por Tavernier la guerra no es el mal sino la vida. La ausencia de guerra certifica su condena a la mediocridad y el aburrimiento. Algo tan chocante para cualquiera de nosotros como real. Hay algo en nosotros de salvaje y algo en nosotros que nos impulsa a la guerra. Sería demencial negarlo y sería trágico si lo liberásemos sin reservas. Sea de ello lo que fuere, haríamos bien en considerar a cada cosa como merece y no confundir guerra con búsqueda de la paz. Dejemos eso para la propaganda gruesa. La guerra no busca la paz sino la aniquilación del enemigo. Un objetivo que explica y garantiza el eterno retorno de la guerra. Y una vez en guerra... ¿qué importa quién sea el enemigo?




"Sólo los muertos ven el final de la guerra" Jorge Santayana.

jueves, 26 de agosto de 2010

Lecturas para el verano (I)



Aunque ya esta a punto de terminar el verano, todavía queda tiempo para disfrutar de una buena lectura. Mi recomendación en esta ocasión es LA PERLA (1947) del Premio Nobel de Literatura (1962), John Steinbeck. Para aquellos aficionados al cine les sonará este título puesto que esta novela además fue adaptada al cine por el director mexicano Emilio Fernández.

Se trata de un relato corto basado en una antigua leyenda mexicana, pero no por breve deja de ser intenso y profundo. Todo comienza cuando Coyotito, hijo de los protagonistas Kino y Juana sufre el ataque de un escorpión, y acuden para que sea curado a casa de un médico (que vive en el barrio rico de la ciudad) que por supuesto no les atiende por carecer de medios para pagar los servicios, a pesar de saber que si el niño no recibe ayuda, en breve morirá.


Kino no desiste y la fortuna (o infortunio) le hace encontrar una GRAN PERLA, la cual para él significa no sólo la salvación de Coyotito, sino una vida mejor para toda su familia. Pero en realidad esa perla lo único que conlleva son desgracias una tras otra. Este infortunio no es una especie de maldición sino que a raíz del hallazgo de Kino los sentimientos de los otros como la envidia y la ambición, se encargan de convertir la suerte en desgracia para la familia.

Al margen de esta historia, el autor aporta pinceladas del entorno, la pobreza brutal, las dificultades de los pobres (en este caso indigenas) de superar esa situación paupérrima, la corrupción de la política, el ambiente de violencia en el que vive la comunidad a la que pertenecen los protagonistas, por no hablar de las diferencias sociales, y del trato humillante al que se ven expuestos esta gente pobre y humilde.

No se trata de una obra buenista de los pobres ni mucho menos, ni se trata tampoco de una crítica hacia los ricos (ya que estos últimos aparecen solamente a lo lejos como ajenos al resto del mundo que hay a unos pocos metros de sus lujosas casas). Se trata de un retrato sencillo y realista de un mundo al que a menudo somos ajenos, pero además es un espejo del alma humana, puesto que aparecen reflejadas tanto las más bajas pasiones del hombre, como los sentimientos más nobles, como el amor. Se tratra de un lucha desigual por la supervivencia que John Steinbeck sabe reflejar no buscando la moralina ni la ñoñeria boba, sino con una prosa sencilla y delicada que hace de esta novela una verdadera joya literaria.

"Toda clase de gente empezó a interesarse por Kino —gente con cosas que vender y gente con favores que pedir—. Kino había encontrado la Perla del Mundo. La esencia de la perla se combinó con la esencia de los hombres y de la reacción precipitó un curioso residuo oscuro. Todo el mundo se sintió íntimamente ligado a la perla de Kino, y ésta entró a formar parte de los sueños, las especulaciones, los proyectos, los planes, los frutos, los deseos, las necesidades, las pasiones y los vicios de todos y de cada uno, y sólo una persona quedó al margen: Kino, con lo cual se convirtió en el enemigo común. " (La perla, 1947)


viernes, 6 de agosto de 2010

CINE PARA VER EN VERANO (II)


"No puedo enfrentarme al mundo por la mañana. Tengo que tomar un café antes de poder soltar palabra". (Tio Charlie)

Para aquellos menos inclinados por la películas de carácter histórico, otra propuesta para superar esas tardes de lluvioso verano o noches calurosas de insomnio, es LA SOMBRA DE UNA DUDA (Shadow of a Doubt, 1943).

Su director Alfred Hitchcock, preguntado por François Truffaut afirmó que esta era una de sus películas favoritas. De hecho está considerada como uno de los clásicos del cine negro y por supuesto una de las mejores de su etapa americana siendo sin embargo la de mayor sobriedad. Fue nominada al Oscar al mejor argumento encargado a Gordon McDonnell, pero finalmente el galardón fue concedido a The Human Comedy de William Saroyan.

La Sombra de una Duda constituye una de las piezas más simbólicas de esta director puesto que insiste en el engaño de las apariencias, de ahí que enmarque esta película en un tranquilo barrio residencial de Santa Rosa (California) que está corrompido por el asesinato y el engaño. De igual modo ocurre con el protagonista principal el tío Charlie (interpretado por Joseph Cotten de forma magistral)que tras esa falsa apariencia de “persona de bien” esconde un alma infectada por el odio hacia los demás. El mal que contrasta con el bien encarnado por Teresa Wright (Charlie, llamada así en honor a su tío) . Uno encarna el alma despiadada la otra la inocencia y la bondad.

El hilo argumental de la película se puede resumir en la sorprendente visita del tío Charlie a Santa Rosa, ya que su hermana se encuentra gravemente enferma. Charlie (Teresa Wright) pronto sospecha que su venerado tío esconde algo, que poco a poco va tomando forma en una descubrimiento brutal, su tío en realidad es un asesino en serie “El asesino de la viuda alegre”. Todo comienza con pruebas circunstanciales hasta que finalmente acaba descubriendo la fatal realidad. Una vez que su tío Charlie descubre que su sobrina sabe quien es , comienza un sabotaje contra su sobrina con el fin de no dejar ningún cabo suelto.

Alfred Hitchcock en esta película hace una profunda reflexión sobre el mundo de las apariencias, sobre la falsedad del mundo burgués, y sobre todo de la oscuridad y la maldad que se puede esconder en lo más profundo del alma de un hombre común. El asesino puede estar entre nosotros.

martes, 27 de julio de 2010

Películas para ver en verano: Cromwell

Hoy voy a recomendaros "Cromwell" (1970). Pocas veces una hagiografía tuvo un mayor sentido de la aventura. Una hagiografía que en favor de engrandecer a Cromwell le atribuye los éxitos de Sir Thomas Fairfax: auténtico líder del ejército parlamentario durante las guerras civiles inglesas. De hecho, en esta película a Fairfax se le muestra como a un diletante y un traidor. Pero a la vista de la actuación de Richard Harris todo se perdona.

La película tiene su fuerte no sólo en la actuación de Richard Harris sino en un excepcional Alec Guiness. Mientras Harris interpreta al fanático y heroico Cromwell Guiness da vida al altivo pero pusiálime rey de Inglaterra Carlos Estuardo. A lo largo de la película hay varios momentos clave de esos en que la grandeza puede sentirse, puede palparse. Primero, Cromwell rechazando una orden de arresto por parte del rey en el asalto de éste al Parlamento. Luego, en la decisiva batalla de Naseby (una de las batallas que se representan: junto la derrota inicial de los parlamentarios en Edge Hill) cuando Cromwell descubre que se ha de enfrentar al enemigo en inferioridad (otra de las incorrecciones, deliberadas, históricas de la película puesto que en Naseby eran los realistas los que estaban en inferioridad). Y al final de la película cuando Cromwell rechaza ser coronado rey y comprende que para reformar el país será necesario imponer la dictadura.

Cromwell es una película entretenida porque se concentra exclusivamente en la figura del propio Cromwell, sin digresiones. Esto hace de la película una mala representación de la realidad pero un buen relato. Así, por ejemplo, no se pierde en temáticas colaterales. Temáticas que en pro del realismo suelen retirar cualquier interés a las historias y motivaciones de los personajes. Sucedió con "Matar a un rey" (2003) y con "The Devil's Whore" (2008). 

En "Matar a un rey" se muestra la relación de poder auténtica en el parlamentarismo inglés de la revolución inglesa: con Fairfax siendo el gran general y Cromwell un intrigante segundo al mando. Sin embargo la película, que tuvo problemas de producción y se nota en su precipitadísimo final, cae en el pecado capital de combinar la pretensión de realismo con dar una visión actual de hechos del pasado. De tal modo, representa a Cromwell más como a un matón de las SS que como a un exaltado religioso y a Fairfax como una suerte de demócrata sin tacha en lugar del aristócrata reformista que era. Además la película coquetea de forma demasiado evidente con la idea de presentar a Cromwell como un homosexual reprimido enamorado de Fairfax, algo completamente sin base. La actuación de Rupert Everett como Carlos Estuardo se antoja ridícula en comparación con la de Sir Alec Guinness.

En la más reciente miniserie "The Devil's Whore" se cae en el mismo error de representar hechos del pasado con los ojos del presente. De hecho se cae en ese error de una manera extrema. Para ello se centra fundamentalmente en los extrarradios extremistas de la revolución inglesa: las sectas milenaristas y los comunistas "levelers" o "niveladores". De nuevo Cromwell (interpretado en esta ocasión por Dominic West, nuestro conocido "McNulty") aparece como intrigante sin escrúpulos y sin una particular vocación religiosa. El conjunto de situaciones y personajes no tienen mucho interés y el personaje de Carlos Estuardo está pésimamente representado.

En conclusión: recomiendo encarecidamente "Cromwell" interpretado por Richard Harris. En ella se da una cumplida representación del fanatismo religioso y la lucha por la democracia que en ese personaje se concitaron. Y más vale representar bien al hombre, aún con grandes concesiones al realismo histórico, que conformar un cuadro realista sin ningún claro objetivo más allá de la "denuncia" en clave posmoderna de guerras, costumbres y personajes relevantes.


"Mantened vuestra fe en Dios y mantened seca la pólvora" Oliver Cromwell.